Protestas en EE.UU.: Historia de racismo y opresión

Asfixiado en esta posición por la polícia, durante 8 minutos y 46 segundos, se terminó con la vida de George Floyd. Foto: Facebook.

“La violencia no se resuelva con más violencia”, es la frase más utilizada en los últimos días por los defensores del status quo, del sistema neoliberal, que buscan, al igual que el propio gobierno de los estados unidos, calificar como grupos terroristas a quienes luchan por los derechos civiles y protestan contra de la discriminación racial y la extrema violencia con la que actúan las autoridades norteamericanas.  

Analizar los días de revuelta sociopolítica persistente en Estados Unidos, que tuvo como catalizador la muerte por asfixia ocasionada por un policía blanco sobre el ciudadano afroamericano George Floyd, obliga a repasar la historia de dicho país federado, en especial el periodo de esclavitud legal institucionalizada durante los siglos XVIII y XIX. Pero antes revisemos los primeros años de la colonia americana.

En 1619, guarda el registro de los historiadores, se dio la primera llegada de esclavos negros sustraídos de África por comerciantes neerlandeses y llevados a las tierras del ahora conocido estado de Virginia. En esa época, la esclavitud todavía no estaba contenida en un marco legal, pero la condición era la misma: trabajo forzado y abusos de por vida sin ninguna posibilidad de cambio a excepción de la muerte.

A lo largo del siglo 17, los descendientes de europeos se asentaron en distintas partes del norte del continente americano. En cada espacio ocupado llegaban con su mano de obra gratuita, los esclavos. La mayoría trabajaba en las plantaciones de tabaco o algodón, donde sufrían las torturas, violencia física y sexual de cualquier blanco, ya sea dueño, familiar o amigo del hacendado. Se estima que durante el siglo XVII y el XVIII se importaron entre 6 y 7 millones de africanos. Los hombres más fuertes y las mujeres más fértiles eran escogidos para ser esclavizados.

Después de la revolución americana, a finales del siglo XVIII, entre los años 1775 y 1783, muchos de los colonos, particularmente del norte, donde el esclavismo era de relativa poca importancia, vincularon su propia opresión bajo la corona británica con la de los esclavos e iniciaron un movimiento para abolir el esclavismo. Sin embargo, el congreso aprobó una serie leyes eufemísticas, como nombrar “persona retenida a trabajo” a los africanos y a su decendencia, lo que permitía continuar con la esclavitud de forma legal.

Los inhumanos abusos llevaron a miles de esclavos a rebelarse contra sus amos, y aunque la mayoría eran reprimidos de forma brutal, no fue hasta 1830 que en el norte del país los movimientos para abolir la esclavitud comenzaron a tomar fuerza. 30 años después, en 1862, Abraham Lincoln declaró la abolición de la esclavitud en medio de la Guerra de Secesión ante la imperante necesidad de milicia para luchar contra los estados confederados del sur que defendían la expansión de la esclavitud.

Con la inclusión de la décimo tercera enmienda a la Constitución estadounidense se terminó de forma definitoria con la esclavitud, pero el legado de todos esos años de opresión se trasladó al ethos cultural. Prácticas racistas, segregación y racismo puro y duro, son el legado de aquella oscura época en la historia estadounidense. Prueba de ello es el linchamiento de 4000 negros entre 1830 y 1950, acto tomado como espectáculo público, principalmente fundamentado en acusaciones sin pruebas. Gran parte de estos repudiables actos se llevaron a cabo por el nefasto Ku klux Klan (KKK), grupo el cual actualmente apoya las políticas del presidente de EE.UU. Donald Trump, quien incluso recibió dinero del mismo para su campaña presidencial.

La segregación fue otro instrumento de opresión que hasta mediados del siglo XX se practicó en Estados Unidos. Hace no mucho, en 1964, se prohibió la separación racial en escuelas, trabajo y lugares públicos. En 1965, se permitió el voto a los afroamericanos con la décimo quinta enmienda.

A lo largo del siglo XXI se han cometido muchísimos crímenes de odio y discriminación en suelo estadounidense, sobre todo del lado de la policía. De las 509 muertes ocasionadas por las fuerzas del orden 24 % corresponde a descendientes afroamericanos, el doble al porcentaje del total en los Estados Unidos: el 12%.  Estos actos raciales se han extendido en las últimas décadas a los latinos, las cifras demuestran que cada vez son más las deportaciones y los ataques que tienen como blanco a los hispano descendientes.

En 1992, el país norteamericano vivió casi una semana de violentas protestas y saqueos con epicentro en Los Ángeles, por la brutal golpiza a Rodney King, un taxista agredido cobardemente por cuatro policías blancos cuando ya había sido esposado y reducido en el asfalto.

Las protestas que se viven actualmente en Estados Unidos también han sido motivadas, al igual que las de 1992, por la violencia racial de policías blancos contra un afrodescendiente. Aquella vez, en el segundo día de disturbios, se declaró el estado de emergencia e instauró un toque de queda nocturno, además se desplegó a 4000 miembros de la guardia nacional y llamó a 2000 soldados. Cuando finalmente acabaron los saqueos se contaron 58 muertos y 2000 heridos.

Miembro del colectivo «Black Lives Matters» (La Vida de los Negros Importan) creado como respuesta al racismo institucional. Foto: Salvage

El discurso profesado por el actual jefe de Estado, Donald Trump, ha acentuado los sentimientos de superioridad racial de los grupos de extrema derecha hacia las minorías. Desde el 2017, año en que asumió la presidencia, el grupo, al que ahora Trump quiere declarar como terrorista, “Antifa” (Anti Fascistas), se ha enfrentado en numerosas ocasiones a los llamados “Proud Boys” o “Chicos Orgullosos”, blancos supremacistas, practicantes de la ideología neo Nazi, en las calles de Portland u otros Estados.

Si en un país, al cual se le considera racista y violento desde sus inicios históricos, se elige a un presidente que avala el discurso de supremacistas blancos con su silencio, donde además, es tres veces más probable que termines en la cárcel por ser de color oscuro que los blancos, se le suma la brutalidad física policial, diferencias de oportunidad laborales, falta de mejoras económica (el sueño americano está muerto), y desigualdad social, que no sea de extrañarnos la aparición de revueltas cada vez más violentas. La historia imperialista de Estados Unidos se ha escrito con la sangre de millones de personas de todas las razas de todos los continentes.

Es irónico ver cómo los gobernantes del país con el armamento bélico más grande del planeta, tres veces más que el de las 5 potencias subsiguientes juntas, acostumbrado a doblegar gobiernos, financiar golpes de Estado e invadir militarmente a otras naciones, se indignan cuando sus ciudadanos exigen equidad en el trato con el ejemplo que ellos mismos les han dado.       

Racismo en el Perú: invención de la dominación

El caso histórico del Perú es clave para entender el nacimiento de este fenómeno social, pues de acuerdo con la tesis del sociólogo, Anibal Quijano, fue tras la conquista de América que los españoles añadieron al fenotipo como una nueva categoría en las relaciones de poder. Esta sirvió para diezmar a los pueblos originarios y originar un cruel discurso que se mantiene presente desde el inicio de la colonia y oprime en todos los niveles de la esfera social.

Siendo nuestra sociedad la primera en el mundo en experimentar esta opresión, basada en las diferencias físicas, color de piel, rasgos de la nariz, estatura, etc, deberíamos haber sido los primeros en alcanzar la reflexión sobre la misma y actuar para erradicarla de nuestro pensamiento. Sin embargo, vemos como aún persisten discursos racistas normalizados, incluso en la televisión, haciéndose pasar por “humorísticos”. La Paisana Jacinta, o el Negro Mama, son prueba de ello. En Estados Unidos a este maquillaje teatral se le conocía como “blackfaced” y estuvo presente por casi 90 años hasta la década del 60 cuando se prohibió por su evidente carga peyorativa.

Personajes interpretados por Jorge Benavides son repudiables y por ningún lado tienen justificación. Foto: OJO

En Perú, los “artistas” que insisten en esas prácticas niegan su uso racista por obvios intereses económicos, y no quieren entender el poder del discurso en la normalización de costumbres. Otra prueba que tenemos en nuestra historia reciente es la frase del expresidente Alan García, en la que se refiere implícitamente a los manifestantes indígenas de Bagua como ciudadanos de segunda clase: “…estas personas no son ciudadanos de primera clase…”.

Esta naturalización del discurso racista se enseñó en los primeros años de escolarización pública en nuestro país con personajes como Bartolomé Herrera, quien llegó a ordenar bajo un canon celestial a la desigualdad: “es indudable que unos hombres han nacido para mandar y otros para obedecer (…) el pueblo, esto es, la suma de los individuos de toda edad y condición, no tiene la capacidad ni el derecho de hacer las leyes (…). El derecho de dictar las leyes pertenece a los más inteligentes, a la aristocracia del saber, creada por la naturaleza”. Así como Herrera hay otros varios escritores de textos históricos que normalizaron durante décadas el discurso racista en la escuela. Sus textos continúan siendo enseñados en algunos colegios del Perú.

Esta forma de control discursivo-político la pudimos apreciar hace unas semanas cuando en el programa de educación a distancia “Aprendo en Casa” el tema a tratar fue la discriminación lingüística. Una docente de la Universidad Católica fue blanco de ataques misóginos de parte de hombres con capacidad de adquisición económica holgada, blancos -para variar-, por explicar cómo el lenguaje que buscan imponer las clases altas sirve para dominar y mantener sumisas a otras clases sociales. 

Haciendo uso de su posición privilegiada, hicieron sendos llamados al ministro de educación para que eliminen el programa y se investigue a la profesora, pues para ellos, lo que hacía la explicación era volver resentida a la población hacia los ricos y poderosos del país. Es decir, no querían que por ningún motivo se vuelva crítico el pensamiento de los adolescentes para que más tarde no reclamen sus derechos.

Para desterrar esta forma de pensar de nuestra sociedad es necesario repensar los significados del lenguaje hacia uno que revalore nuestra identidad, enalteciendo nuestra diversidad cultural y racial. Una nueva educación es a la que debemos apuntar. Un aprendizaje inclusivo, con enfoque humanista, científico y popular, es necesario para lograr el ansiado cambio social-estructural.

El Sutep, como sindicato comprometido con la lucha por los derechos de los maestros y la igualdad social, repudia y condena todo intento de criminalizar las protestas que pretende imponer el gobierno profacista de Donald J. Trump a través de la instauración de una solapada dictadura marcial. 

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